Regreso a la puszcza

Tamara Vershitskaya la directora del museo de Novogrudok nos recibió en su oficina. Habíamos acordado de antemano que nos llevaría hasta el sitio exacto donde los hermanos Bielski habían construido su campamento de partisanim dentro del bosque más denso del área aledaña. Para el año 1943 el grupo de resistencia judío que luchaba en contra de los nazis se había refugiado organizadamente en lo que se conocía como la puszcza. Lo primero que Tamara nos informó era que teníamos que prepararnos  para una aventura en un clima helado que requería ropa especial para atravesar el terreno pantanoso del bosque. Visitamos una tienda donde el régimen comunista se hacía presente en sus productos grises realizados en serie, uniformando a la población con el atuendo de la desolación. Compramos botas de hule, calcetines, gorros e inclusive sombreros rusos con orejeras que nos parecían disfraces, alistándonos para el día siguiente.
La mañana amaneció con expectativas congeladas.  No sabíamos si podríamos acceder hasta esta zona, la única forma de entrar era por un paraje donde apenas hace pocos años arqueólogos bielorrusos, en un ímpetu de interés por los héroes locales olvidados por el tiempo, habían cortado la maleza en la búsqueda del campamento de la brigada comandada por Tevie Bielski.  Mi mente se trasladaba a la Segunda Guerra Mundial. El frío calaba los huesos, el viento helado gritaba por las orejas, metiéndose por nuestras narices que habían perdido la capacidad de oler.  Recogimos a Tamara frente al museo y nos explicó nuevamente las dificultades de poder llegar hasta el sitio exacto; antes debíamos de pasar por el pequeño pueblo de Kletishche. Donde la señora Loda, una anciana adorable nos explicaría el sitio exacto de entrada al bosque. En su juventud Loda había ayudado a su amiga Sula quien siendo judía había huido hacia los bosques y se había unido a guerrilla que luchaba en contra de los nazis. Loda iba asiduamente al campamento de los Bielski trayéndoles víveres y otros implementos necesarios sin reparar en que arriesgaba su vida.
El pueblo de Kletishche consistía en una sola calle con casas de madera pintadas con colores suavizados por las inclemencias del tiempo. El villorrio se alineaba de perfil al cielo. La visibilidad nítida del invierno nórdico era inesperada, el verdor del campo contrastaba con el azul  del horizonte gracias al sol brillante que no lograba calentar ni un ápice. Loda nos recibió sin sonreír pero con una mirada apacible como si hacía un siglo nos esperaba allí. Saludando a Tamara nos dio la bienvenida en su dialecto bielorruso, mientras Tamara nos traducía al inglés sus palabras emocionadas. Antes de despedirse nos llevó hasta la pequeña bodega de lodo y piedra excavada en la tierra y nos obsequió un tarro de frambuesas en conserva por el cual no aceptó pago alguno.
La camioneta comenzó el recorrido hasta adentrarnos por una vereda de terracería mal conservada. El fango abrazaba a cada paso los neumáticos y el lento avanzar me crispaba los nervios, la expectativa de encontrar el sitio me quemaba el alma y el lento avance no permitía la culminación de mis emociones… Las copas de los arboles comenzaron a borrar el cielo azul cubriéndonos de sombra, hasta que de pronto Tamara ordenó al chofer parar y nos dijo: “desde aquí seguiremos a pie”.

Nos vestimos con las botas, arreglamos nuestros gorros y guantes y empezamos a hundir nuestros pies en el lodo. Tamara encontró un claro en el bosque: “¡allí está! Este es el campamento de los hermanos Bielski” dijo sin miramientos. Este era el sitio exacto donde Szura había pisado, donde los partisanim habían hecho su campamento para contrarrestar a las fuerzas nazis, donde esta brigada especial compuesta por judíos se había organizado en una guerrilla comandada por Tevie Bielski. Los restos de las ziemlankas, las casas subterráneas reminiscencias del camuflaje militar, eran vestigios que solo un experto podía vislumbrar. En silencio recorrimos el espacio, en silencio tomé unas cuantas fotografías, el viento frio nos amenazaba y en silencio emprendimos el recorrido de regreso diciendo kadish, el rezo de duelo por los muertos. 

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