Nueva York: El tren en movimiento, el bosque y la resistencia

Abrí una puerta y un viento suave me invito a viajar, a viajar por la historia, a hacer nuevos amigos, a recordar un tiempo que había existido para otros, a convertirme en un espíritu del pasado que atravesaba la inmensidad del espacio entre fantasmas del pasado. Comencé a conocer a varios sobrevivientes del holocausto, que durante años habían sido héroes silenciosos en un mundo sin tregua y supe que se planeaba una superproducción cinematográfica que abordaba el tema de lucha de resistencia judía en los bosques de Bielorrusia durante la Segunda Guerra Mundial. El cineasta era el famoso director Edward Zwick y el nombre de la película era Defiance, el actor quien protagonizaría a Tevie Bielski era nada menos que Daniel Craig, a quien se le conocía por su caracterización del agente James Bond. Fui invitada a la presentación privada en Nueva York dedicada especialmente a quienes habían sobrevivido la guerra luchando al lado de Bielski. Mi encuentro con quienes habían vivido entre el fango y los mosquitos, entre el ruido de luciérnagas y los cercanos fulgores de las armas de fuego, fue mágico y hasta se podría decir que estaba situado en el ámbito de los sueños y las pesadillas. Todos estos individuos habían vivido junto a Szura, habían compartido la sopa aguada, las noches en penumbra, las lágrimas y las esperanzas. Bela Stolovitsky se me acercó, era la hija del contador de la cervecería Pupko en Lida, esa misma que había sido tutora del sobrino de Szura, ella había saltado del tren junto con los Pupko, su hermano que había americanizado su nombre a Mike, se acercó a su vez, y allí mismo le pregunté cómo había logrado abrir la compuerta del vagón para poder saltar y escapar del tren que los llevaba al campo de exterminio de Majdanek.  Un destello de luz emergió de sus ojos, vislumbré un pequeño horizonte en el paisaje acuoso de su mirada salina. “Sioma, el esposo de Szura, me convenció de hacerlo” me dijo con aplomo, “él fue quien insistió en que esa era nuestra única oportunidad de sobrevivir” Lo abracé con ternura, intercambiamos nuestros números telefónicos, prometimos mantenernos en contacto, pero nunca lo volví a ver. Bela, su hermana,  dándome un beso en la mejilla se despidió también de mí. Después la vi un par de veces; había perdido la vista casi por completo, le costaba trabajo caminar pero su amable sonrisa seguía siendo jovial.  Durante esos encuentros nos conectamos a través de un tiempo efímero en el cual yo recogía sus palabras aderezadas de vaho en bolsas que se llenaban de humo. La llamé hace un par de meses (2010), su dulce voz al otro lado del teléfono me gratificó, y le agradecí su amistad por siempre.

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