La cervecería en Lida

Año 2005, es verano. La frontera entre Lituania y Bielorrusia está enérgicamente resguardada. El autobús que nos lleva avanza lento en una fila interminable de autos y  camiones. Uno a uno es inspeccionado en la garita del lado Bielorruso. Un oficial finalmente nos atiende y sube al autobús. Toma nuestros pasaportes y nuestra visa de entrada al país. Bielorrusia está gobernada por el presidente Luckechenko y sigue funcionando bajo un régimen estrictamente comunista. El oficial baja del autobús y tarda alrededor de 15 minutos que nos imaginamos son horas, no sabemos si obtendremos el permiso para seguir adelante.  Cuando volvemos a ver al oficial nos pregunta por qué tenemos interés en visitar Bielorrusia, el traductor le explica que visitaremos la cervecería de Lida. No entiende muy bien nuestras razones pero desciende y hace una llamada a la cervecería donde le explican que nos están esperando.  Felizmente nos devuelve los pasaportes y nos dejan pasar.
La cervecería está protegida detrás de un gran portón que en seguida se abre y el autobús entra al patio. Nos aguardan en formación un comité de bienvenida, nos tienen preparados regalos, paraguas, y gorras de un amarillo chillante con el nombre de la cervecería. Una reportera escribe en un cuadernillo de notas  y un fotógrafo nos acosa con su cámara. La cervecería es una industria gubernamental con grandes tanques de almacenamiento, el vapor de las calderas mancha el cielo con nubes blancas y nos llevan a conocer las nuevas instalaciones. No queremos ver lo nuevo, queremos saber la historia, queremos ver donde vivió Szura, Sioma y toda la familia Pupko, pero no podemos decir nada,  debemos recordar que estamos de visita en un país comunista donde las reglas deben acatarse sin discusión. Poco  a poco nos vamos acercando a una construcción antigua, el edificio desempeña ahora el servicio de laboratorio… era antes la casa de Rajil, la madre de Sioma. ¡Allí está la chimenea que calentaba la estancia, ya no queda el piso de parquet, ni los cuadros que adornaban el sitio, pero estamos en la casa de los Pupko!
Caminamos al patio de nuevo. A lo lejos está la torre con la fecha de la fundación, 1876. Nosel Pupko el abuelo de Sioma había construido los primeros edificios de la cervecería y estos siguen en pie, todavía se distingue el arco ojival de la ventana que daba al otro lado.  Reconozco la perspectiva exacta que aparecía en las fotos que tenemos: de un lado el túnel que llevaba al rio y al aserradero, y del otro, la casa de Rajil.
En esa esquina habían tomado la foto de Rajil con sus nietos, en ese otro sitio Sioma lucía orgulloso con su coche Essex.  Allí en el edificio habían vivido hacinados durante la ocupación nazi, subiendo las escaleras habían construido una maline, un cuarto secreto para esconderse, desde esa ventana seguramente habían observado el día que se había cercado con púas el ghetto aledaño. En este mismo patio los habían arreado hasta el camión de redilas que los condujo a la estación de trenes. Pisábamos sus huellas, las sombras del pasado, revivía las inspecciones de los ingenieros soviéticos, los exámenes minuciosos de los alemanes y las humillaciones que impartían a los judíos.
No quería irme de allí, el pasado ardía entre los ladrillos y el cemento, los muros hablaban, me susurraban los secretos que conocían, la columna de destilación me hacía señas en clave Morse. Un antiguo empleado retirado, ya viejo y cansado apareció para platicar con nosotros; había conocido a Sioma y a su hermano Mitzia desde pequeños. Recordaba a la elegante joven Roza, la esposa de Mitzia y a la bella Szura, como él la describía. El tiempo apremiaba,  mi visa solo nos permitía estar unas horas en el país y debíamos salir por la frontera antes de la media noche. Con pesar, me despido de los empleados que tan amablemente nos habían recibido y cargada de energía subo al autobús.
 Adiós dije a la cervecería que había sido el hogar de la familia Pupko, esa pequeña industria familiar que fue confiscada primero por los rusos, después por los nazis, y al terminar la guerra fue ocupada nuevamente por los soviéticos, quienes en el año 2010 la vendieron en parte a la compañía finlandesa “Olvi”. Este era el sitio donde los pocos miembros de la familia que sobrevivieron la guerra, regresaron en busca de su hogar, solo para encontrarse con una orden de aprensión expedida por el gobierno estalinista con el fin de exiliar a Siberia a todo burgués capitalista enemigo del pueblo. Igual que yo, Szura y Sioma se despidieron de prisa de estas paredes añejas, ellos huyendo del régimen comunista en 1945 y yo en el 2010 con el fin de reanimar con mis escritos las experiencias de sus vidas.  

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