El cuento de los dientes de oro

El camión llego a Niemencine. El pueblo consistía prácticamente en una calle que iba hacia Svenciony y otra trasversal que se dirigía hacia la iglesia. Bajamos del autobús justo enfrente de una edificación blanca, la entrada estaba marcada por unos cuantos escalones y la puerta con ventanas de vidrio llevaba un dibujo de un matraz. Era la farmacia de Shmuel Berenstein y aledaña a ella estaba su casa. La misma a la que había llegado Szifra  a la edad de 12 años. El guía nos indicó que doblando la esquina se encontraba lo que antes de la Segunda Guerra Mundial fue la sinagoga, ahora estaba convertido en un cine. Una señora se nos acercó preguntándose qué hacíamos allí. Ese inmueble pertenecía al gobierno y llevaba años sin haber sido habitado.  Hablaba lituano y el guía tradujo la conversación. Cuando explicamos que buscábamos las raíces de la familia Bernstein, se ofreció a ayudarnos. Unos minutos después la señora indagaba más allá; su madre le había contado la forma en que los judíos habían sido masacrados, y le había relatado una leyenda que corría por el pueblo  la cual quería verificar. Se decía que al terminar la guerra la hija de Shmuel Bernstein había vuelto a Niemencine en busca de su herencia que se suponía enterrada en el jardín de la casa. La que fungía como sirvienta de los Bernstein antes de la guerra, la había ayudado a encontrarlo y al día siguiente había desaparecido del pueblo. Años después alguien vio a la sirvienta con dientes relucientes de oro y se pensaba que su riqueza, que portaba orgullosa en su dentadura, se debía a que Szifra y su esposo habían desenterrado un tesoro y le había tocado una tajada.   ¿Es cierta esa historia, no es una leyenda? Preguntó interesada. Si es verdad, fue la respuesta, Szifra desenterró el dinero que su provisorio padre había enterrado  y tomó la herencia que le correspondía…  La señora desconcertada, con la boca abierta y sus pupilas engrandecidas por la sorpresa, repetía sin parar: ¡No lo puedo creer, no lo puedo creer! Y al tiempo que tomaba su cabeza entre las manos insistía en que pasáramos a comer algo a su casa. Sin embargo, en ese momento, un joven se acercó para invitarnos a la municipalidad pues el alcalde quería darnos la bienvenida como si fuéramos los personajes más importantes de la tierra…

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